El reloj marcaba las 8 de la mañana, se levantó, se bañó, hidrató muy bien su piel, se vistió de blanco, azul y rojo, y salió a la conquista de la victoria en este día decisivo. Se subió en el auto rojo con dos amigos, tendrían alrededor de 2 horas y media de viaje, iban con la esperanza a pleno, seguros de que podrían alcanzar esos 3 puntos que necesitaban para clasificar a octogonales. Al llegar se reunió con el equipo, todos estaban a la expectativa de lo que sucedería en ese enfrentamiento, estaban por primera vez tan cerca de llegar a donde nunca antes habían podido llegar y esta vez dependia de ellos.
Violeta tenía toda la esperanza de que lo lograrían, si dije Violeta, no estaba hablando de un chico, sino de una chica. Las chicas por lo general juegan con muñecas, ven películas tiernas, y sueñan a ser las princesas del cuento de hadas. Violeta no era así, desde bien pequeña le encantaba jugar con autitos, con pistas, con trenes, aviones... cosas que no eran tan comunes para una niña.
Toda esa pasión que al parecer le inyectaron a ella desde el mismo cielo antes de nacer, se acrecentó aún más no sólo por su mamá junto a quien veía partidos de fútbol, sino por quienes la rodeaban, sus amigos. Sin duda alguna, fueron sus amigos los que le enseñaron a amar algo que pocas niñas podían amar, fue de ellos de quienes aprendió a disfrutar horas de preparación de cantos, cortar papelitos y hasta aguantar frío, mucho frío. Junto a ellos sábado tras sábado, aprendió a vivir como uno más cada partido, y hasta los entrenos a los que iba siempre que podía cada martes o jueves a las 4 de la tarde. Estuvo incluso en una ocasión sentada en el banco con ellos, y aunque a muchos les parezca imposible, toda su mente giraba en torno al partido. Jamás miró como hombres a su equipo, es la hora que no sabe si tienen buenas piernas, espaldas contorneadas y abdominales marcadas, si acaso recuerda ciertas características de las caras de algunos de ellos, pero lo que no olvida es el número que llevaban en la espalda, los coros que junto con sus amigos cantaban y cada aventura que vivieron juntos.
Llegó la tan anhelada hora, las 6 de la tarde, el árbitro pita, y empiezan unos 105 minutos de angustia revueltos con alegría. Pero al final, se perdió, y no sólo se perdió un partido, sino también la posibilidad de clasificar, en los ojos de Violeta corrieron lágrimas y no por una novela o por un chico que no le pusiera atención, como era de esperarse en una chica, sino porque le dolía que el tan anhelado sueño de sus amigos se les estuviera esfumando de las manos. Con prontitud se recuperó, o por lo menos eso trató de demostrarles a ellos, para hacer más fácil el momento y poder, como siempre ha tratado ella, sonreír aunque no hayan razones. Alianza Llanos ganó el partido, pero incumplió la norma del sub-17, y al final, las lágrimas de llanto se convirtieron en alegría pues al equipo de Violeta le dieron los puntos de este encuentro.
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