domingo, 17 de abril de 2011

El Diego un mortal más, pero no cualquier mortal

Amaneció un poco nublado, pero las nubes en el cielo no eran obstáculos para que cada uno se prepara para este gran día, el día del tan esperado compromiso.  Calles cerradas, autos detenidos por todos lados, federales a los alrededores, cámaras y periodistas por doquier; y allí aparecieron los protagonistas del encuentro.   Se veían todo tipo de caras: de ansiedad, de miedo, de incredulidad, de alegría, de esperanza, de soberbia... y fue en ese momento cuando apareciste tú, el más grande, el que siempre soñé ver, aquel hombre que ha hecho palpitar mi corazón y el de muchos más, un 10 que quedará por siempre en la historia.   Y así se dio inicio a la función.  
Yo no podía quitar mis ojos de ti, analizaba cada movimiento, tu cara seria, el ceño fruncido, tu posición atenta, cada uno alrededor con los ojos puestos en ti, y es que no lo podíamos creer, estar acompañando al Diego en semejante acontecimiento.  El tiempo corría y con el todo tipo de sentimientos en nuestros corazones, miradas que iban y venían, fotógrafos y camarógrafos de un lado para el otro, los niños que no podían faltar y es entonces cuando el señor del centro, vestido todo de un solo color levanta la voz y pide un aplauso para este nuevo cristiano que con este bautizo pasaba a ser parte de la Iglesia.
Y fue ahí, justo al final, entre los aplausos de la gente, cuando el Kun levantó a tu nieto Benjamín Agüero Maradona y en tu cara se forjó una sonrisa tan cálida que me hizo olvidar el invierno, y volver a momentos antes cuando pasaste tu mano sobre ella, una señora mayor, y la abrazaste luego de ayudarla a levantarse pues tiene dificultades propias de su edad.  Ella con tu misma cara, tú con tu mano sobre su hombro acercándola a tu corazón como sólo puede hacer un hijo con su madre... y yo entonces y sólo entonces recordé que eres un mortal más, pero no cualquier mortal.

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